Concurso Escolar del Diario HOY 2018
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LA ÉLITE DE ARROYO

IES TAMUJAL

Arroyo de San Serván

REDACCIÓN: MARIO RASERO, FERNANDO SOLTERO, ALEJANDRO ORDOÑEZ, LUCÍA ORDOÑEZ, SAMUEL ROSADO, LEANDRO OLMEDO

¿Dónde estamos ahora?

¿Dónde estamos ahora?
La Tierra vista desde un satélite. AFP

Hacer un balance del estado del planeta no es tarea sencilla: ¿podemos ver la botella medio llena? ¿o está medio vacía? Este es un artículo incluido en el primer volumen de la colección El estado del planeta, que se puede adquirir cada domingo con EL PAÍS

26.04.2018 - LA ÉLITE (FERNANDO)

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Hacer un balance del estado de nuestro planeta no es una tarea sencilla. La ecuación contiene numerosas variables y datos que se relacionan entre sí configurando un complejo andamiaje: recursos naturales que se agotan ante la presión de una población en constante crecimiento, contaminación, cambio climático, guerras, hambre, pobreza, desigualdad? pero también unos avances tecnológicos sin precedentes que han mejorado el bienestar general, una revolución científica que nos pone al alcance de la mano de forma inmediata una cantidad de información envidiable para cualquier otra generación anterior, disminución de la mortalidad infantil, progresos en la medicina que alzan la edad media de las personas, avances espectaculares en la reducción del hambre y la pobreza?

Hacer balance es ver la botella medio llena o medio vacía. En esta colecciónexpondremos por qué está medio vacía y cómo puede llenarse. Y cuál es el peligro de que se haga añicos y salte todo por los aires.

Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido necesidad de tantos recursos, aunque bien es verdad que hasta ahora hemos sido siempre capaces de saciar esa casi ilimitada voracidad del Homo sapiens. Pero ya hay señales claras de que esos recursos no son infinitos y que la presión sobre el planeta empieza a mostrar sus límites. Y como bien sabemos, en este dilema no hay un plan B, no hay otro planeta, no existe una opción alternativa. Hay que gestionar lo que tenemos de forma sostenible, es decir, que siga facilitando nuestra vida y la de las generaciones futuras. ¿Seremos capaces? ¿Es todavía posible?

La botella medio vacía

Desde los albores de la humanidad, es decir, durante unos 2,5 millones de años, los humanos se alimentaron con lo que tenían a su alcance, cazando animales y recolectando plantas. Hace aproximadamente 12.000 años, en la cuenca de los grandes ríos de lo que hoy son Irán e Irak, tuvo lugar el nacimiento de la agricultura y, con ella, una revolución agrícola que provocó un crecimiento imparable hasta nuestros días. En los siguientes siglos vimos alzarse las primeras grandes ciudades y cómo las grandes civilizaciones se sucedían escalonadamente, cada vez más potentes: Sumer, China, Egipto, Persia, los mayas, los griegos, Roma, los aztecas, el imperio español, holandés, británico? En realidad, el crecimiento de la población fue relativamente moderado hasta hace muy poco, hasta la Revolución Industrial de principios de 1800.

Si contamos desde el nacimiento de la agricultura, la humanidad tardó unos 10.000 años en alcanzar los 100 millones de habitantes (alrededor de la época del Imperio romano). Hacia 1500 se llega a 500 millones y para 1820 se supera por primera vez la cifra mágica de 1.000 millones. A partir de aquí, con la revolución industrial, el número se dispara: en un siglo se duplica. En 1970 se llega a los 3.000 millones y bastaron solo otras cuatro décadas para que se volviera a duplicar superando los 6.000 millones. En la actualidad, se calcula que somos unos 7.600 millones de habitantes y, según las proyecciones de las Naciones Unidas, alcanzaremos la barrera de los 10.000 millones alrededor de 2050.

Como hemos visto, la presión del ser humano sobre los recursos disponibles en el planeta es tremenda. Pero la capacidad del hombre de incrementar y mejorar los rendimientos de los recursos es asimismo espectacular. Desde la revolución agrícola y el inicio de la diabólica progresión geométrica del crecimiento demográfico, la carrera entre producción de alimentos y población la ha venido ganando holgadamente la primera.

Habrá que seguir incrementando la producción de alimentos porque la demanda seguirá creciendo

Incluso hoy el planeta produce mucho más de lo que su actual población necesita. En el Imperio romano, una hectárea producía unos 300 kilos de cereal y el campesino medio trabajaba unas tres hectáreas con lo que obtenía casi una tonelada de grano. Poco después, durante la Edad Media, esa hectárea rendía el doble, unos 600 kilos, y el campesino medio podía trabajar unas cuatro hectáreas, consiguiendo unas dos toneladas y media de grano. Hoy, en los Estados Unidos, a principios del siglo XXI una hectárea mejorada e irrigada produce unas 10 toneladas de grano y cada campesino puede trabajar una media de 200 hectáreas, es decir, produce unas 2.000 toneladas de grano. Claro que, también, en el Sahel del siglo XXI una hectárea sigue produciendo unos 700 kilos de grano, casi como en la época romana: no todas las zonas del planeta han evolucionado de igual forma.

El baile de cifras no suele ayudar a la reflexión. Ruego que vuelvan a repasar lo monstruoso de los datos citados hasta ahora: en los últimos 500 años ¡la población se ha multiplicado por 14! ¡La producción humana por 240!

Detengámonos de nuevo para reflexionar cómo el mundo ha cambiado de forma tan radical en poco tiempo. Hasta la época moderna tardía, alrededor de un 90% de la población mundial vivía de la agricultura. Dicha cifra fue reduciéndose a medida que no era ya necesaria tanta gente para producir suficientes alimentos. Hoy, más de la mitad de los habitantes del planeta vive en grandes ciudades. En los Estados Unidos tan solo el 2% de la población vive de la agricultura, pero esa cifra ínfima produce no solo lo suficiente para alimentar al resto del país sino para exportar sus excedentes. En Europa, la cifra dedicada a la agricultura es apenas del 3% de su población. Las ciudades del mundo ocupan un escaso 3% del terreno del planeta, pero albergan al 54% de la humanidad, unos 3.500 millones de personas, que viven en zonas urbanas. Y está previsto que esta población urbana aumente hasta el 65% para 2050, especialmente en los países en desarrollo, donde tendrá lugar el incremento mayor: más de dos tercios de la población mundial vivirá en ciudades para entonces.

No hay ejemplo más evidente que el ocurrido en los últimos 50 años del siglo XX, entre 1950 y 2000. Mientras la población del planeta se multiplicaba por 2,5, una serie de avances científicos permitía incrementar los rendimientos agrícolas de forma espectacular en lo que se ha denominado la revolución verde, consiguiendo que la producción de alimentos se triplicara con creces.

Justo después de la II Guerra Mundial, un ingeniero agrónomo estadounidense especializado en la mejora genética de los cultivos, Norman Borlaug, consiguió desarrollar ciertas variedades de trigo de alto rendimiento que producían más grano y respondían mejor a los fertilizantes. Otros científicos lo aplicaron al arroz. India y Pakistán consiguieron así hacer frente a las grandes hambrunas de las décadas de los sesenta y setenta. Por todo ello Borlaug recibió el Premio Nobel de la Paz en 1970. Luego hemos sabido que el precio medioambiental pagado por todo ello ha sido enorme, pero por lo pronto los alimentos han seguido ganando con creces a la demografía. ¿Podremos seguir ganando esta carrera? ¿Y si es así, a qué precio? La FAO calcula que para dar de comer a los aproximadamente 10.000 millones de personas en el año 2050 habrá que incrementar aproximadamente un 50% nuestra producción actual de alimentos.

Nuestra dieta está cambiando

En la actualidad, tres cuartas partes de la comida que consumimos son arroz, trigo o maíz. Solo el arroz supone la mitad de la comida mundial. Pero esa dieta está cambiando a un ritmo tan acelerado como nuestro propio mundo. En 1980 los chinos comían, de media, unos 14 kilos de carne por persona al año; ahora unos 55. En las últimas décadas, el consumo de carne ha aumentado el doble que la población, el consumo de huevos tres veces más. Hacia 1950 el consumo mundial de carne era de unos 50 millones de toneladas al año: en la actualidad se ha multiplicado por seis y se espera que hacia 2030 vuelva a duplicarse.