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REDACCIÓN: Adolfo Granado Alonso, Marta Esteban Hernández, Yago García Delgado, Lucía Sánchez Martín, Noemí Sánchez Torre

Pactar con el diablo en Afganistán

Pactar con el diablo en Afganistán
Ciudadanos afganos rezan en el funeral de varias víctimas por ataques aéreos, en Kunduz.

Tras 18 años de guerra fratricida, con más de 32.000 civiles muertos sólo en la última década, los talibán se convierten en clave para la paz. EEUU ultima un pacto para replegar a 14.000 soldados

20.04.2019 - Entrelíneas

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Hadia Essazada no recuerda un día en paz. Cuando en 2001 fuerzas internacionales reaccionaron a los atentados del 11-S invadiendo Afganistán, y acabando con el Gobierno talibán, era una cría de cinco años: "Esta guerra ha tenido un precio altísimo que hemos pagado nosotros", lamenta. Mientras vivía con su familia en Mazar-e Sharif, los muyaidín mataron a su hermano mayor Ismail, un graduado en la academia militar que huyó a la cercana provincia de Tajar, y al pequeño, Ahmad, de sólo 14 años. "Tardamos dos años en recuperar los cadáveres. Mi padre murió de un infarto al no superar aquello".

Tras 18 años de guerra fratricida, con más de 32.000 civiles muertos sólo en la última década y los talibán controlando aproximadamente las zonas rurales de la mitad del país, los afganos están hartos. Una foto lo resume todo: en el cementerio de un pueblo remoto dos tumbas juntas; una coronada con la bandera afgana y otra con el emblema de los talibán. "La gente no quiere cargar más féretros, no quiere más masacres. Cada ataúd, ya sea en un área bajo control talibán o bajo control del Gobierno, cae como un rayo sobre la sociedad afgana", sentencia el periodista Bilal Sarwary.

Bilal es uno de los llamados a lograr que la luz tenue, que Afganistán divisa hoy al final del túnel, no se apague. Él es uno de los escogidos para integrar una macro comitiva de representantes de la sociedad afgana que debía sentarse este fin de semana en Qatar frente a una delegación talibán. Sin embargo, desavenencias de última hora entre entre Kabul y los organizadores sobre quiénes deben formar parte de uno de los bandos forzaron la posposición indefinida del encuentro. A la cabeza de los islamistas estará Abdul Ghani Baradar, más conocido como mulá Hermano, fundador y artífice del ejecutivo que gobernó Afganistán bajo leyes draconianas entre 1996 y 2001.

Las oportunidad para unas conversaciones en Doha llegan tras varias rondas de contactos talibán-EEUU, que son la principal arena donde se está resolviendo el conflicto. Según varias fuentes, Washington ha ultimado un pacto que implica el repliegue de los cerca de 14.000 soldados estadounidensesde Afganistán a cambio de que los extremistas no permitan que Al Qaeda o el Daesh planifiquen desde su suelo ataques en el exterior, como el que Bin Laden organizó contra las Torres Gemelas.

La urgencia de Donald Trump de cumplir su promesa electoral inquieta a Kabul, cuya estrategia consiste en debilitar militarmente a los talibán para forzarlos a sentarse en la mesa de negociación, y se ha convertido en una oportunidad para el mulá Hermano y los suyos. Los talibán se han topado con la posibilidad de lograr sus dos principales objetivos -la retirada total de tropas extranjeras de su país y el reconocimiento internacional de su Emirato Islámico- sorteando el obstáculo que supone el Ejecutivo del presidente Ashraf Ghani, con el que se niegan a dialogar.

"En los últimos años", explica Shabeer Ahmadi, jefe de Internacional del canal local Tolo News, "el Gobierno afgano llamó a la paz y a negociar con los talibán, que lo rechazaron, poniendo como condición previa la retirada total de tropas extranjeras. Cuando EEUU anunció su disposición a hablar con los talibán, hallaron su oportunidad". Esta situación ha empañado todavía más la imagen del Gobierno afgano, debilitado por años de guerra y reiteradas acusaciones de corrupción y clientelismo.

Los talibán han explotado la desafección hacia la ocupación extranjera -que se ha cobrado cientos de vidas desde 2001- y el Gobierno, principalmente en las áreas más conservadoras. "No podemos negar el apoyo a los talibán en zonas rurales, pero esto no significa que el grupo tenga un apoyo popular", matiza Ahmadi. "Hay lazos étnicos y financieros entre los talibán y quienes los apoyan", añade. "La falta de autoridad del Gobierno y de justicia, y el aumento de la corrupción, son también razones de peso para este apoyo".

Los rigoristas, bien armados, organizados y disciplinados en lo castrense, se han sentido lo suficientemente respaldados como para lanzar, hace una semana, la ofensiva anual de primavera, la cual bautizaron como 'Operación Fatah' (Conquista). Una ola de ataques en casi todas las provincias del país ha dejado hasta hoy decenas de muertos y heridos, entre milicianos insurgentes y soldados. Los talibán incluso trataron de volver a tomar la ciudad estratégica de Kunduz, en una encrucijada del norte afgano.

"Cuando la ocupación actual finalice, y haya un Gobierno islámico afgano inclusivo en el país, no habrá necesidad de lanzar más operaciones", declara un portavoz de los talibán en conversación con EL MUNDO. "Sin embargo", advierte, "si bien estamos por ahora en un proceso de paz, trabajando para una solución, ésta aún no la hemos logrado. Esperamos encontrar una solución pacífica tan pronto como sea posible, que pueda traer una paz permanente a nuestro país".