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REDACCIÓN: Adolfo Granado Alonso, Marta Esteban Hernández, Yago García Delgado, Lucía Sánchez Martín, Noemí Sánchez Torre

Un museo para espiar a los espías

Un museo para espiar a los espías
Un hombre mira una máscara elaborada por dos ex agentes de la CIA, quienes transformaron al coleccionista Keith Melton en un anciano de Rusia, Museo del Espionaje

El nuevo templo del espionaje abre sus puertas en Washington con joyas nunca antes expuestas, como el piolet con que el español Ramón Mercader asesinó a Trotsky

09.05.2019 - Entrelíneas

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H. Keith Melton, de 75 años, no es conocido por haber asesorado durante años a la CIA o a los realizadores de la serie de espías The Americans. La fama del veterano de Vietnam proviene de las más de 7.000 piezas de espionaje que ha ido coleccionado durante las últimas cuatro décadas. Una máquina Enigma de la Segunda Guerra Mundial, una de las cinco agujas con veneno que Estados Unidos incrustó dentro de monedas para los soldados de la Guerra Fría y la bandera que no elevaron los cubanos exiliados tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos son parte del tesoro de este hombre que nunca ha sido agente. A partir de este sábado el público podrá ser testigo de estas reliquias de los servicios secretos en el nuevo Museo del Espionaje en Washington, al que donó casi dos tercios de su colección.

 

En un recorrido para periodistas, Melton escogió con intención la pieza de la que quería hablar: el piolet con que el catalán Ramón Mercader habría asesinado al revolucionario ruso Leon Trotsky en 1940, México. El arma escogida por el espía español de la Unión Soviética, del que no se supo su identidad hasta el 50, siempre ha despertado curiosidad sobre su paradero. Según relata el coleccionista, tras varios viajes infortunados en busca de la piqueta que atravesó el cráneo del fundador del Ejército Rojo por orden de Stalin, dio con ella en Ciudad de México. Ana Alicia Salas, mexicana, mostró el hacha durante una conferencia con la intención de cobrar una cifra ?ridícula?. Dijo que la había heredado de su padre, jefe de la policía, y que desde hace cuarenta años la guardaba debajo de su cama. "Se la dejó como su legado", cuenta Melton. Nadie le compró entonces la pieza, pero el veterano de guerra, después de tres años de negociación, consiguió llegar a un acuerdo para hacerla suya.